Escultura de soledad

Una dama bella salió de la nada. Mientras el universo se carcajeaba como un demente consumado. Allá a lo lejos se escuchaba una vieja melodía de jazz negro; mientras el ejecutante lloraba sus desdichas eternas. Un pájaro de pecho azul se deslizó suavemente sobre la rama de un árbol enfermo, y dejó caer su cuerpo liviano… La hermosa fémina tenía el rostro lívido, y las lágrimas caían al suelo, como, monedas de plata. ¡Maldita vida!, exclamó la hembra dotada de una especial beldad. Se escuchó el pecho ahí donde habita el corazón; y en lugar de los latidos, era el réquiem de Mozart, quién la mantenía “viva”… Buscaba un lugar donde dejar descansar sus huesos débiles; y hundirse en sí misma. Nada.

La ciudad olía a puro metal ardiente. Los hombres caminaban indiferentes como máquinas programadas: para no tener el mínimo sentimiento de alegría o de piedad. Arriba de un viejo edificio un joven de mirada viscosa se bebía un litro de aceite automotriz, mientras sonreía como un idiota. Una mujer gorda y deforme estaba sobre el techo de una casona del siglo diez y nueve, intentando suicidarse, pero no se atrevía. En un hospital municipal se escondía todo el dolor posible; y los lamentos eran callados, silenciados, por las pócimas de los “brujos inclementes”, vestidos de blanco. Todo el entorno rechazaba la vida.

Margarita, así se llamaba la mujer encantadora, iba repitiendo en su mente: ¡detesto la vida!, mientras aumentaba el ritmo de sus pasos de su andar… Ella odiaba su nombre, un día lo dijo en una tertulia alcohólica, donde sus amigas sólo lograron sonreír como autistas. Se encontraba frente a la casa paterna; y no sabía el porqué… Recordó que sus padres habían ya muerto hacía mucho tiempo; de tristeza y desolación. En cuanto a sus hermanos, bien sabía, que éstos la odiaban hasta la muerte. Un perro indescriptible, estaba tirado en la banqueta, herido de muerte, y se escuchaba la voz del sufrimiento en su cuerpo lanudo.

La urbe se había convertido en un nido de acero, donde albergaba todo tipo de desconsuelo. En una cantina céntrica, donde los ciudadanos concurren a insultarse mutuamente, el licor era magia instantánea, pues… hacía felices a los feligreses de Dionisos. Un médico le arrancaba el corazón a un paciente sin que en realidad fuese necesario hacerlo; sólo lo hacía para obtener el anhelado dinero. Una guitarra eléctrica lanzó sus notas estridentes; haciendo que el sol temblara de odio, de rencor, hasta de impotencia cósmica.

Es muy raro que se encuentre un cuerpo perfecto; pero el de la femenina distinguida, cumplía con todos los requisitos para tal efecto. Era deseada por un sinfín de hombres e envidiada por un puñado de mujeres… Ella se sabía exquisita, sabrosa, y hasta inalcanzable. Pero en realidad estas cualidades no le interesaban en lo más mínimo.

Después de mucho buscar, encontró un espacio acogedor, en donde poder reposar su humanidad, y ese puñado de ideas desordenadas. ¡Mi mente es un universo infinito; donde el laberinto de pensamientos me aniquila! Murmuró la agraciada, mientras todos la miraban anhelantes de su figura divina. El “escondite” era una arrumbada casa de aspecto francés, donde parecía que el tiempo se había detenido. En la estancia había una fotografía empolvada, en blanco y negro, donde una familia posaba sus figuras fingidas. Una escalera de madera estropeada; mostraba un poco, de lo que fue con anterioridad, cuando por su materia inanimada, subían y bajaban los humanos, con cierto orgullo, y suficiencia. Se miró en un espejo deteriorado, lleno de polvo; y lentamente sus ojos azules, fueron reconociendo ese rostro tapizado de tristura, y una inmensa melancolía… Se quedó como petrificada; era una escultura de soledad, donde resaltaba una faz indefinida. Espejo y mujer se convirtieron en uno; ambos se observaban con asombro y desconcierto. Ella perdió la razón y sólo repetía hasta el cansancio: ¡No existo!, ¡No existo! Y el objeto reflejante; parecía que se ironizaba…

EL SEIS
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